Toledo pinta y nosotros escuchamos

Toledo pinta y nosotros escuchamos

En el Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano se presenta la obra de Francisco Toledo, “Las Fabulas de Esopo”, grabados del artista vivo más importante de México. ¿Qué nos dicen esas imágenes?

Toledo pinta y nosotros escuchamos. No porque sus composiciones broten de la música, sino porque respiran. Aquella respiración, ese vaivén entre un tema y otro, la mitología y el mundo moderno –o posmoderno, dependiendo de la mirada−, los problemas que atañen al hombre a través de sus historias, la arqueología de la moral, el arquetipo del mundo natural y la constelación socio-política de un país convulso como México, han sido sus temas a lo largo de su carrera.

El respirar de las obras está inserto en la lógica de la técnica. El grabado es rudo, fuerte y austero. No permite la gracia de la línea suelta, pero da cabida al mundo agreste de la tierra, el animal y el ser humano. Las líneas aquí forman estructuras que a simple vista parecen sencillas, pero que no pasan desapercibidas para el espectador. Podríamos llegar a pensar que las fábulas son solamente para los niños, error grave, ya que dentro de la estructura adulta hay muchas falencias que pueden ser compensadas por las mismas.

Esto es tangible dentro de los trabajos que se exponen en el Museo de Artes Visuales de la UTADEO. Allí, en esa serie de imágenes que nos remiten a las narraciones de Esopo ―fabulista de la antigua Grecia―, se desvela un mundo perdido dentro de la tecnología y el desasosiego, que busca resurgir de entre las garras de la necedad y el cansancio.

Una anécdota graciosa, que resume su discurso público, es la siguiente; Toledo se integró al programa de pago en especie de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público de México ―buscando compensar los impuestos que debía―, donando al estado de Oaxaca su trabajo “Los cuadernos de la mierda”: 27 tomos con 1500 imágenes de animales que defecan, desde demonios hasta caballos. No siendo suficiente, combatió al gigante de McDonald´s, uniendo fuerzas con el Patronato Pro-Defensa y Conservación del Patrimonio Cultural del Estado de Oaxaca, para impedir la instalación de una filial de la poderosa marca en la Plaza Central del Zócalo de Oaxaca.

De igual forma, Toledo ha reivindicado las luchas sociales, las batallas ambientales y la preservación del patrimonio, tanto dentro como fuera de México. Por esta labor ganó el Premio Nobel Alternativo, reconocimiento otorgado por la fundación sueca Right Livelihood Award. Así como sus luchas, su arte manifiesta también lo combativo. Las formas de los cuerpos son agresivas, recurren a lo explícito para dar su mensaje, sin buscar lo estrafalario como coartada.

Como en uno de sus grabados inspirado en la fábula “La gata convertida en mujer”, donde un hombre se enamora de su gata y le pide a los dioses convertirla en doncella ―deseando después que vuelva a ser gata, al darse cuenta que sus instintos animales siguen intactos―, el ser humano como especie ha logrado adaptarse a un proceso de desarrollo impulsado por modelos económicos exitosos en su superficie y una globalización inminente, sin embargo su parte primigenia reclama salir por todos los medios ―como la de la gata―, esa parte ligada al mundo telúrico, animal y espiritual.

Toledo no busca aleccionarnos con la moral, más bien ilustra un camino lleno de variantes, soluciones todas a problemas que vivimos en la actualidad. Tienen vigencia las fábulas de Esopo hoy, así como las tuvieron hace más de mil años. Lo que nos conecta como seres humanos va mucho más allá del aspecto mezquino del mundo, conformado por las superciudades, el libre mercado, la globalización, la apropiación cultural, etc.

Lo que une realmente al hombre ―haciéndolo igual sin importar las sociedades o las reglas culturales―, son las emociones y sentimientos inherentes a su humanidad; la lucha de el bien contra el mal, las relaciones familiares, el papel del individuo en la sociedad, la solidaridad y el sentir con el mundo, el amor, la soledad, la tristeza y la desidia, todas parte del universo interno del hombre. Y así como partimos de aquellas problemáticas para leer al mundo y comprenderlo ―en el caso de las fábulas de Esopo―, así también podemos verlo a través de los grabados de Toledo.

Dejando atrás esas concordancias, volvemos al desarrollo conductual del hombre, el que lo liga a su tribu, su comunidad, sus valores y principios. Esto está vigente dentro del arte de Francisco Toledo de manera radical, ya que él mismo es solo una imagen de su pueblo. Como siempre afirma en entrevistas, “quise ser ilustrador de mitos”. La riqueza cosmogónica de los pueblos indígenas de México permitió a Toledo ahondar en esas lecturas del mundo y buscar expresarlas a través de su arte.

Considerar el trabajo de Toledo en categorías teológicas o éticas sería caer en el juego de las llamadas “buenas costumbres”, naturalizadas y excluyentes a cualquier cambio que busque reformar su status quo. Como en el grabado basado en la fábula “El asno con piel de león” ―donde se narra la historia de un burro que piensa que por verse distinto será tratado mejor―, la moralidad eclesiástica y social piensa que por ser ellos tan buenos ―por mandato divino―, son mejores.

Toledo propone, en contra de aquella moral impuesta, posar los ojos en la antigüedad. No en forma de reverencia, sino como un proceso de aprendizaje, en búsqueda de unas bases sociales perdidas a través de los siglos por culpa de la colonización y el despotismo. Recordamos aquí la fábula de “La zorra y el busto” ―donde una zorra se encuentra por el camino un busto de un hombre, y al hablarle sin encontrar respuesta, da por sentado que de nada sirve la belleza si dentro del cráneo no existe ceso que valga―. Lo mismo pasa con una humanidad llevada al límite gracias a la tecnología, que muestra una actitud limpia y pulcra frente a los suyos pero que guarda en el fondo un desprecio por lo humanístico y una desconexión con su propia historia.

Al entender eso podemos sentir la respiración misma de esos grabados, de aquellas historias, ya que en un mundo en constante caos, un suspiro se toma muy a la ligera. Por eso es tan valioso poseer aquella tradición griega, que nos liga a un mundo antiguo y nos distancia de él ―ya que atañe a lo más hondo y perdura dentro de la memoria colectiva―, no enfocada en países o naciones, sino una memoria colectiva de la especie humana.

Dice Carlos García Gualel que “el personaje literario deviene mítico tan solo cuando pasa a la memoria colectiva”, siendo preciso para entender que las zorras, las gatas, los perros, los calvos, los monos y las hachas que aparecen en las historias de Esopo, ya no son simples personajes dentro de una narración literaria, convirtiéndose en individuos míticos que perduran, se ajustan y renacen dentro de las sociedades que precedieron a la muerte de su autor.

Por ello es que todos los personajes representados por Toledo dentro de esta serie de grabados pertenecen al mundo animal, incluso nosotros, los hombres. Allí supura la conexión con el mundo prehispánico ―que guarda el artista gracias a su ascendencia indígena―, a la par que se complementa con una visión extraterritorial hacia vanguardias europeas del siglo pasado y manejo de técnicas que el pintor hace propias.

No hace falta un conocimiento basto de las obras de Esopo para poder conectar con los grabados. Dispuestos en línea horizontal a lo largo del espacio que brinda el Museo de Artes Visuales de la UTADEO, la cadena de hechos se conecta y recorre ―junto a nosotros―, el universo mítico del griego, confabulado junto a la plástica del mexicano. Los cuadros, aunque pequeños, son ricos en textura, dando a la visión una sensación de viveza y generando más preguntas que respuestas.

 

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Toledo pinta y nosotros escuchamos
2018-05-24
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En el Museo de Artes Visuales de la Universidad Jorge Tadeo Lozano se presenta la obra de Francisco Toledo, “Las Fabulas de Esopo”, grabados del artista vivo más importante de México. ¿Qué nos dicen esas imágenes?

Toledo pinta y nosotros escuchamos. No porque sus composiciones broten de la música, sino porque respiran. Aquella respiración, ese vaivén entre un tema y otro, la mitología y el mundo moderno –o posmoderno, dependiendo de la mirada−, los problemas que atañen al hombre a través de sus historias, la arqueología de la moral, el arquetipo del mundo natural y la constelación socio-política de un país convulso como México, han sido sus temas a lo largo de su carrera.

Toledo pinta y nosotros escuchamos. No porque sus composiciones broten de la música, sino porque respiran. Aquella respiración, ese vaivén entre un tema y otro, la mitología y el mundo moderno –o posmoderno, dependiendo de la mirada−, los problemas que atañen al hombre a través de sus historias, la arqueología de la moral, el arquetipo del mundo natural y la constelación socio-política de un país convulso como México, han sido sus temas a lo largo de su carrera.

El respirar de las obras está inserto en la lógica de la técnica. El grabado es rudo, fuerte y austero. No permite la gracia de la línea suelta, pero da cabida al mundo agreste de la tierra, el animal y el ser humano. Las líneas aquí forman estructuras que a simple vista parecen sencillas, pero que no pasan desapercibidas para el espectador. Podríamos llegar a pensar que las fábulas son solamente para los niños, error grave, ya que dentro de la estructura adulta hay muchas falencias que pueden ser compensadas por las mismas.

Esto es tangible dentro de los trabajos que se exponen en el Museo de Artes Visuales de la UTADEO. Allí, en esa serie de imágenes que nos remiten a las narraciones de Esopo ―fabulista de la antigua Grecia―, se desvela un mundo perdido dentro de la tecnología y el desasosiego, que busca resurgir de entre las garras de la necedad y el cansancio.

Una anécdota graciosa, que resume su discurso público, es la siguiente; Toledo se integró al programa de pago en especie de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público de México ―buscando compensar los impuestos que debía―, donando al estado de Oaxaca su trabajo “Los cuadernos de la mierda”: 27 tomos con 1500 imágenes de animales que defecan, desde demonios hasta caballos. No siendo suficiente, combatió al gigante de McDonald´s, uniendo fuerzas con el Patronato Pro-Defensa y Conservación del Patrimonio Cultural del Estado de Oaxaca, para impedir la instalación de una filial de la poderosa marca en la Plaza Central del Zócalo de Oaxaca.

De igual forma, Toledo ha reivindicado las luchas sociales, las batallas ambientales y la preservación del patrimonio, tanto dentro como fuera de México. Por esta labor ganó el Premio Nobel Alternativo, reconocimiento otorgado por la fundación sueca Right Livelihood Award. Así como sus luchas, su arte manifiesta también lo combativo. Las formas de los cuerpos son agresivas, recurren a lo explícito para dar su mensaje, sin buscar lo estrafalario como coartada.

Como en uno de sus grabados inspirado en la fábula “La gata convertida en mujer”, donde un hombre se enamora de su gata y le pide a los dioses convertirla en doncella ―deseando después que vuelva a ser gata, al darse cuenta que sus instintos animales siguen intactos―, el ser humano como especie ha logrado adaptarse a un proceso de desarrollo impulsado por modelos económicos exitosos en su superficie y una globalización inminente, sin embargo su parte primigenia reclama salir por todos los medios ―como la de la gata―, esa parte ligada al mundo telúrico, animal y espiritual.

Toledo no busca aleccionarnos con la moral, más bien ilustra un camino lleno de variantes, soluciones todas a problemas que vivimos en la actualidad. Tienen vigencia las fábulas de Esopo hoy, así como las tuvieron hace más de mil años. Lo que nos conecta como seres humanos va mucho más allá del aspecto mezquino del mundo, conformado por las superciudades, el libre mercado, la globalización, la apropiación cultural, etc.

Lo que une realmente al hombre ―haciéndolo igual sin importar las sociedades o las reglas culturales―, son las emociones y sentimientos inherentes a su humanidad; la lucha de el bien contra el mal, las relaciones familiares, el papel del individuo en la sociedad, la solidaridad y el sentir con el mundo, el amor, la soledad, la tristeza y la desidia, todas parte del universo interno del hombre. Y así como partimos de aquellas problemáticas para leer al mundo y comprenderlo ―en el caso de las fábulas de Esopo―, así también podemos verlo a través de los grabados de Toledo.

Dejando atrás esas concordancias, volvemos al desarrollo conductual del hombre, el que lo liga a su tribu, su comunidad, sus valores y principios. Esto está vigente dentro del arte de Francisco Toledo de manera radical, ya que él mismo es solo una imagen de su pueblo. Como siempre afirma en entrevistas, “quise ser ilustrador de mitos”. La riqueza cosmogónica de los pueblos indígenas de México permitió a Toledo ahondar en esas lecturas del mundo y buscar expresarlas a través de su arte.

Considerar el trabajo de Toledo en categorías teológicas o éticas sería caer en el juego de las llamadas “buenas costumbres”, naturalizadas y excluyentes a cualquier cambio que busque reformar su status quo. Como en el grabado basado en la fábula “El asno con piel de león” ―donde se narra la historia de un burro que piensa que por verse distinto será tratado mejor―, la moralidad eclesiástica y social piensa que por ser ellos tan buenos ―por mandato divino―, son mejores.

Toledo propone, en contra de aquella moral impuesta, posar los ojos en la antigüedad. No en forma de reverencia, sino como un proceso de aprendizaje, en búsqueda de unas bases sociales perdidas a través de los siglos por culpa de la colonización y el despotismo. Recordamos aquí la fábula de “La zorra y el busto” ―donde una zorra se encuentra por el camino un busto de un hombre, y al hablarle sin encontrar respuesta, da por sentado que de nada sirve la belleza si dentro del cráneo no existe ceso que valga―. Lo mismo pasa con una humanidad llevada al límite gracias a la tecnología, que muestra una actitud limpia y pulcra frente a los suyos pero que guarda en el fondo un desprecio por lo humanístico y una desconexión con su propia historia.

Al entender eso podemos sentir la respiración misma de esos grabados, de aquellas historias, ya que en un mundo en constante caos, un suspiro se toma muy a la ligera. Por eso es tan valioso poseer aquella tradición griega, que nos liga a un mundo antiguo y nos distancia de él ―ya que atañe a lo más hondo y perdura dentro de la memoria colectiva―, no enfocada en países o naciones, sino una memoria colectiva de la especie humana.

Dice Carlos García Gualel que “el personaje literario deviene mítico tan solo cuando pasa a la memoria colectiva”, siendo preciso para entender que las zorras, las gatas, los perros, los calvos, los monos y las hachas que aparecen en las historias de Esopo, ya no son simples personajes dentro de una narración literaria, convirtiéndose en individuos míticos que perduran, se ajustan y renacen dentro de las sociedades que precedieron a la muerte de su autor.

Por ello es que todos los personajes representados por Toledo dentro de esta serie de grabados pertenecen al mundo animal, incluso nosotros, los hombres. Allí supura la conexión con el mundo prehispánico ―que guarda el artista gracias a su ascendencia indígena―, a la par que se complementa con una visión extraterritorial hacia vanguardias europeas del siglo pasado y manejo de técnicas que el pintor hace propias.

No hace falta un conocimiento basto de las obras de Esopo para poder conectar con los grabados. Dispuestos en línea horizontal a lo largo del espacio que brinda el Museo de Artes Visuales de la UTADEO, la cadena de hechos se conecta y recorre ―junto a nosotros―, el universo mítico del griego, confabulado junto a la plástica del mexicano. Los cuadros, aunque pequeños, son ricos en textura, dando a la visión una sensación de viveza y generando más preguntas que respuestas.

 

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