Es Karate-Do, no Taekwondo

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Eran las 9:35 a.m. El calor incesante y la humedad propia de Barranquilla empezaba a ser percibida por los habitantes de la ‘arenosa’. En el coliseo de eventos del Colegio El Sagrado Corazón se daba inicio a la repesca del kata seniors. La representación femenina de Colombia está parada al borde del tatami [tapiz acolchado sobre el cual se practican deportes como el karate y otras artes marciales]. Su rival, la representante de Guatemala, hace sus últimos movimientos sobre el campo. En su rostro se refleja el convencimiento de poder lograr una victoria para su país. La colombiana se alista para entrar y hacer su kata [una demostración técnica de movimientos y llaves]. Al momento de entrar todo se vuelve en cámara lenta. La concentración hace que los oídos de la deportista solo escuchen el profundo silencio. En la grada sus coequiperos la alientan gritando arengas. Para ella el ruido no existe. Los segundos pasan más rápido de lo normal, las pulsaciones suben estrepitosamente. Justo antes de tocar el tatami, una voz se cuela en el silencio de la deportista: “Cuando tú quieres, tú puedes”, afirma. Era el empujón final para saltar a la presentación más importante de sus recién cumplidos 18 años.

María Camila Moreno Silva nació el 24 de enero del 2000 en la clínica El Country de Bogotá. Era la primera hija del matrimonio Moreno Silva, integrado por Carlos Ernesto Moreno Garrido y María Amparo Silva Rojas.

De pequeña María Camila o Cami, como le dicen las personas más cercanas, se caracterizaba por ser una niña juiciosa, juguetona y consentida, al ser la única hija del matrimonio. Sin embargo, a ella no le gustaba jugar con muñecas, como a la mayoría de niñas de su edad. Ella prefería los carros.  Una noche cuando su padre Carlos Moreno llegaba de trabajar, fue abordado por María Camila:

— Papá, juguemos a que somos karatecas.

Él asintió. Y se dispuso para jugar.

— Espera un momento —dijo Camila, mientras corría a su cuarto.

Como quizá lo había visto en una película Karate Kid, Camila buscó una pañoleta para amarrarse en la cabeza y un cinturón para representar a algún luchador que observó en televisión. A veces las cosas de la vida llegan de maneras extrañas, como el escritor que empezó escribiéndole cartas a su novia o el ingeniero que inició construyendo objetos con fichas de Lego. “Recuerdo que ella me decía que jugáramos a las luchas, pero yo no creo que eso le haya hecho entrenar karate después”, cuenta Carlos Moreno.

Lo cierto es que en el año 2006 ingresó al Colegio Stella Matutina, ubicado en el norte de Bogotá. Con la timidez propia de llegar a un sitio nuevo, empezó a cursar primero de primaria. Dentro del horario de clases, los estudiantes del plantel educativo tenían la posibilidad de elegir un taller lúdico, en el cual por una hora a la semana podían realizar algún deporte o actividad diferente a las curriculares. Había una larga lista de deportes, idiomas y talleres por elegir. En medio de las primeras semanas, la profesora Margarita leyó cada una de las opciones para que los niños eligieran la que querían durante el semestre. Dentro de las posibilidades en deportes estaba el Karate Do. Quizá una de las actividades que menos inscritos tendría. Cuando llegó el turno de Camila, como si el mismísimo espíritu del padre del karate moderno, Gichin Funakosh, tomara su cuerpo por un momento, dijo con firmeza y sin dudarlo ni un segundo: yo elijo Karate.

Toda la semana, la pequeña Camila esperó con ansias que llegara el miércoles. Contó días, horas y minutos. Por fin podría practicar ese deporte que, a su corta edad y sin razón aparente, le atraía de una manera particular y apasionada.

"Un hombre del Do que recibe su primer Dan, inclinará su cabeza en señal de gratitud; después de recibir su segundo Dan, inclinará su cabeza y sus hombros; y al llegar al tercer Dan, se inclinará hasta la cintura, y en la calle, caminará junto a la pared, para pasar desapercibido” Proverbio japonés. (Foto: Archivo familiar)



La lluvia caía sobre el césped del Colegio Stella Matutina, la niebla parcial obstruía la visión de los estudiantes que hacían su ingreso a la institución a eso de las 6:50 a.m. Para Camila era el día perfecto. Tendría su primera cita con el destino. Inician las clases. Todo parece un cotorreo interminable de profesores y compañeros. Llega la hora del taller lúdico.

La múltiple campeona nacional de Karate Do y recién graduada de Educación Física y Deportes, Diana Constanza Muñoz Lozada, se prepara para su primer día de trabajo en colegios. Ella, una mujer joven de pelo castaño, de estatura promedio, tez trigueña y facciones delicadas, hace su presentación ante un grupo de no más de 15 niños que rondan las edades entre los 6 y 10 años. Con un karategi [el atuendo que emplea el practicante de artes marciales], blanco como el trozo más fino de algodón, la profesional explica a los jóvenes cómo se va a desarrollar durante el semestre el taller lúdico que ella dicta. Entre los bostezos de algunos niños, las sorbidas de mocos de algunos otros, la hora de clase transcurre sin mayor sobresalto. Antes de finalizar, Muñoz Lozada les indica a los niños el ejercicio que tendrán que practicar para la siguiente sesión. Sin más, la primera clase de Karate Do, del primer semestre de 2006, había finalizado.

“Camila siempre tenía disciplina en llevar las tareas que se asignaban, demostraba el interés, algunos chicos esperaban era el juego, pero a ella le gustaba la parte técnica”, recuerda Diana Muñoz. Ese fue el primer escalón en un deporte calificado por muchos, como una disciplina para hombres. Unos años después de ese primer encuentro con el mítico Karate Do, la Sensei Diana Muñoz se decidió a mandarle una nota en la agenda de Camila, extendiéndole una invitación para ir a entrenar los fines de semana en el Centro de Alto Rendimiento. Al ser una niña de casi ocho años, debía contar con la autorización de sus padres o, por lo menos, de uno de ellos. Amparo Silva, la madre, aún recuerda el día que la niña llegó feliz con la nota en la agenda.

— Yo estaba en la casa, ella llegó feliz y me mostró la agenda. Leí y le pregunté: ¿quieres ir? Ella me dijo que sí, muy contenta. Yo, sin dudarlo, le dije que sí.

“Camila me contó cuando llegué a la casa, yo le dije que me parecía bueno que practicara un deporte, pero pensé que sería algo pasajero. Yo creía que después le gustaría otra cosa”, cuenta Carlos Moreno. La llevaron ese fin de semana, desde ese momento, no paró de entrenar, ya no solo era la una hora a la semana en el colegio, ahora eran los sábados y domingos, a medida que fue creciendo los entrenamientos aumentaron y pasaron a ser los miércoles, jueves y viernes.

Fue solo cuestión de empezar a practicar los fines de semana para que el primer reto deportivo se hiciera presente. Con tan solo nueve años, Camila fue citada para representar a Bogotá en el Torneo Nacional Interligas de Karate-Do 2009, celebrado en Zipaquirá. Gracias a la cercanía con la ciudad de Bogotá y al compromiso de la Sensei Diana Muñoz de recogerla en la casa y volver a llevarla en la noche, Camila pudo participar en este torneo en la categoría pre-infantil. Sin importar ser ‘primípara’ afrontó las llaves que le correspondieron con la tranquilidad de no tener presión. En un debut soñado le pagó con medallas a los que en ella habían confiado, la pequeña se adjudicó bronce en kata individual e hizo lo propio en combate. Fue una sorpresa para todos, pues propios o extraños no contaban con esas medallas.

Desde ese momento no dejó de participar en casi ningún torneo, el deporte la llevó a una gran cantidad de ciudades representando a Bogotá, logrando siempre buenos réditos para la delegación capitalina, convirtiéndose en una medalla fija para las aspiraciones de podio en el medallero general. En 2013 llegó la esperada convocatoria a la Selección Colombia. El reto internacional era en Brasil, allí se celebró el Suramericano de Karate-Do. Camila se preparó fuertemente para su primera incursión internacional, hasta el peinado se cambió, se hizo trenzas entretejidas con cintas de colores que formaban la bandera colombiana, se pintó las uñas con el tricolor y se dispuso a representar de la mejor forma al país cafetero. Ganó bronce en kata individual y de ñapa se llevó $155.000 pesos colombianos que otorgaba Coldeportes por la medalla.

La concentración es uno de los pilares más importantes dentro del Karate-Do, ya que es la que le permite al deportista realizar los movimientos de manera correcta. (Foto: Archivo familiar)



Al pasar tanto tiempo entrenando, empezó a conocer personas que practicaban el mismo deporte que ella, tenía conversaciones jugosas sobre técnicas y tácticas para mejorar cada día, pero ninguna tan cercana como Natalia Pachón, con la cual son casi hermanas porque tienen prácticamente la misma edad, se criaron juntas en el dojo y comparten la misma Sensei, que para el caso de Natalia es su madre, de la cual se siente muy orgullosa como lo evidencia en una declaración entregada al diario El Tiempo hace más de diez años, después de que Diana, su madre,  ganara el oro en los Juegos Nacionales. “Yo quería ver a mi mamá supercampeona”, sentenció entonces la pequeña Natalia. Lo llamativo de esta amistad es que como tienen la misma edad, están en la misma categoría, además de ser primera y segunda en el escalafón nacional, se suelen enfrentar muy seguido en los diferentes torneos, pero esta situación lejos de alejarlas, las acerca, ya que después de finalizar la competencia se retroalimentan, para lograr ser cada vez mejores. Pero no son siempre rivales, desde hace algunos años hacen Kata equipo, junto con la Sensei Diana Muñoz, siendo uno de los conjuntos más fuertes a nivel nacional en categoría seniors, dejando muchas medallas para Bogotá en los torneos que participan.

Basta con ver un entrenamiento de las dos chicas para darse cuenta que se corrigen mutuamente, sin temor a ningún reparo.

—El puño tiene que ir más fuerte, y mejora la posición.

— ¡Yo sé! No sé qué me pasa hoy.

— No te preocupes, hagámoslo de nuevo.

Simultáneamente al Karate-Do, Camila tenía que cursar los diferentes grados en el colegio, en el cual pasó del anonimato a ser una figura, tanto así que cuando ella no estaba lo primero que hacían sus compañeros de salón, impulsados por el director de grupo, era inclinar la cabeza, juntar las manos y elevar una oración para que a Camila le saliera todo bien. Igualmente, cuando ella estaba en el salón y acababa de llegar de algún torneo, le agradecían a Dios por traerla con bien. Para muchos de sus compañeros que no hablaban mucho con ella, les daba igual si les iba bien o mal. “A mí me daba igual, hasta ya era cansón, los profesores se la pasaban hablando de ella”, reconoce Paula Rincón.  En ese momento Paula solo la distinguía, pero por esas cosas de la vida se empezaron a ir en la misma ruta escolar, forjando una amistad grande. Ahora son inseparables, salen a comer y hacen pillamadas, que no son más que hablar hasta las dos de la mañana sobre amores y desamores.

Llega el punto donde la vida académica se cruza con la deportiva, ese momento en el que el deportista debe decidir si sigue por la línea del deporte o empieza a estudiar, pero también están los aventureros que deciden hacer las dos cosas al tiempo. Camila estaba en grado once, no sabía qué estudiar, sus padres presionaban para que no se quedara solo con el deporte. Vinieron entonces los Intercolegiados Supérate 2016, que entregaban como premio una beca de 40 millones de pesos para estudiar una carrera universitaria. Cami fue campeona en Kata individual y, por ende, acreedora de la beca. Esta oportunidad le enredó un poco más la cabeza, se sentía presionada a elegir una carrera rápido, el tiempo corría y ella aún no se decidía. Sin decir nada averiguó en una academia internacional de inglés. Una noche reunió a sus papás, les dijo que ella se quería ir para Australia a estudiar y trabajar por seis meses, con el compromiso de regresar para entrar a la universidad.

Los padres se miraron entre sí sorprendidos, el Karate ¿dónde quedaba?, ambos le hicieron un largo interrogatorio sobre las consecuencias de su decisión. Esos seis meses la iban a sacar de todas las competencias, además, era posible que no la volvieran a tener en cuenta para la Selección Colombia. Camila asintió con la cabeza. Pese al extenso cuestionario, Carlos y Amparo decidieron apoyarla. Carlos solicitó un préstamo al banco para poder cubrir los costos. “Más que por el inglés, la apoyé para que conociera una nueva cultura y tuviera la experiencia de tener que trabajar para subsistir”, contó.  Pero para Camila lo más difícil de la decisión que había tomado, era decírselo a Diana Muñoz, su Sensei de toda la vida. Un día después de un entrenamiento le comunicó a Diana su decisión, ella con preocupación y tristeza recibió la noticia, lo único que atinó a decirle fue:

— Te vas y ¿el Karate qué?

 — Yo voy a volver, tranquila. 

“Soy consciente. Esto no es fácil. No es viable dedicarse exclusivamente al Karate”, dice Diana Muñoz, la Sensei que le ha dedicado 31 años de sus 39 de vida al deporte, y ha representado a Colombia en un Campeonato Mundial, tal como se lo contó en una entrevista titulada ‘La karateka Diana Muñoz revela sus claves del triunfo’ al diario El espectador en 2012.

En los días previos al viaje, las despedidas empezaron. Una de las más conmovedoras fue la despedida sorpresa que le realizaron sus amigos, compañeros y familiares más cercanos en el dojo donde entrena desde los 12 años. Cada uno le dio sus mejores deseos. Los abrazos, besos y lágrimas se empezaron a hacer presentes, pero a pesar de toda esta explosión de sentimientos, Camila no derramó ni una sola lágrima.

Tríptico en la Habitación de María Camila, cada mañana se levanta y es lo primero que ve, recordándole el motivo de tanto sacrificio. (Foto: Archivo familiar)



El día del viaje llegó, sus padres y su hermano la llevaron hasta el aeropuerto El Dorado de Bogotá, nadie se atrevía a pronunciar palabra alguna, el ambiente era de tristeza. La llevaron hasta donde más pudieron y en la sala de espera, todo lo que no habían hablado en el carro lo expresaron con llanto. Camila se mantuvo fuerte y no dejó ver ni un solo rasgo de tristeza, en el fondo, estaba deseosa y emocionada de emprender una nueva aventura en su vida, todo fue así hasta que su hermano Santiago Moreno, de 13 años se despidió, Camila no pudo ocultar más las lágrimas y empezó a llorar incontrolablemente, quizá recordó que su hermano no iba a estar con ella en Australia para acompañarla a hacer vueltas, hablar por las noches, ir a comer helado o tenerle un sándwich cuando llegara cansada en la noche. Con una maleta llena de ilusiones y dejando atrás toda su vida emprendió un viaje al otro lado del mundo. 

Solo había una cosa que frustraba a Camila, era el hecho de no poder participar en los Juegos Centroamericanos y del Caribe, más aún, sabiendo que el Karate-Do se iba a volver deporte olímpico. Sin embargo, ocultó su frustración y continuó el largo viaje con destino a Melbourne.

Ya en Australia, Camila sabía que debía conseguir un dojo para entrenar Karate y no perder del todo el ritmo, pero lo primero que se dio cuenta es que antes, tenía que conseguir un trabajo, para así poder costear su entrenamiento. Como si la vida le siguiera dando señales de que el Karate es lo suyo, consiguió trabajo en un dojo haciendo aseo, le pagaban poco, pero le permitían entrenar gratis. En ese laburo duró un poco menos de un mes, ya que el dinero comenzaba a escasear y prácticamente lo poco que ganaba se la gastaba en transportes. Tuvo que dejar de entrenar cuando le resultó un puesto de mesera en un restaurante italiano, al mismo tiempo, trabajaba dos días a la semana lavando platos en un restaurante japonés y, por si fuera poco, cuidaba por las tardes a dos niños hijos de una colombiana, que la contrató únicamente para que les hablara en español y no perdieran la costumbre de su lengua materna.

Económicamente le iba bien, pero por dentro se sentía vacía y no precisamente porque le hicieran falta sus padres, le hacía falta el Karate. La Sensei Diana Muñoz la llamaba de vez en cuando para saber si estaba entrenando, Camila no mentía, le decía que hacia ejercicio pero que Karate no podía entrenar por la falta de tiempo, fue así como en sus últimos meses de estadía en Melbourne, renunció al trabajo de lavaplatos y usó ese espacio para practicar kickboxing.

Llegó el mes de agosto y con él, el momento de volver a Colombia. Viajó muy emocionada, con la satisfacción de haber cumplidos sus metas, pero lo más importante que le había dejado el paso por Oceanía, era el convencimiento que sin entrenar no era nadie. Sin el Karate la vida no era vida.

El fin de el Karate-Do no es siempre obtener una medalla, se trata de sentirse cómodo ejecutando los movimientos y estar convencido de las acciones. (Foto: Juan S. Durán)



Aterrizó en Colombia un viernes en la mañana, la felicidad de sus seres queridos por volverla a ver no se hizo esperar. Mamá, papá y hermano la fueron a recibir en el aeropuerto, la llevaron a la casa para que descansara, ‘desatrasó cuaderno’ con su hermano y ahí se fu la tarde y parte de la noche. Al día siguiente, como si jamás se hubiera ido, se levantó temprano y se fue a entrenar.

Camila llegó al entrenamiento sin decirle nada a nadie, tanto así que la Sensei Diana Muñoz se llevó una gran sorpresa cuando la vio, la abrazó y estalló en llanto. Lo primero en lo que reparó la entrenadora fue en el peso, estaba muy pasada de kilos. Esto lejos de ser extraño para Camila o para muchas de las mujeres que entrenan Karate, es algo muy común, una semana antes de las competencias suelen estar tres o cuatro kilos por encima de lo permitido, así que no comen y hacen extensas jornadas de ejercicio para quedar en el peso ideal.

Al ser el mes de agosto, fecha en la que ya no se podía hacer la inscripción en ninguna universidad, tomó la decisión de dedicarse de lleno al deporte, para poder recuperar su nivel. Entrenaba todos los días. Guiada por la Sensei Diana y Marco Pachón, fueron días de entrenamiento duro, con sangre y sudor, todo esto con miras en el Campeonato Nacional Interligas Bogotá 2018 que otorgaría cupos para los centroamericanos.

Ya era 2018, momento de ingresar a la universidad, tal y como se lo había prometido a sus padres antes de viajar. Su elección fue la carrera de Comercio Internacional en la Universidad del Rosario. Los días son de jornada completa, saliendo cuando el sol se asoma por el oriente y regresando cuando la Luna hace presencia en el firmamento, en los huecos que tiene entre materias, se dirige a la biblioteca y solo sale para comer algo, regresa a clases y a las cinco en punto camina hacia la estación de Universidades para tomar un Transmilenio que la lleve hasta el barrio Quirigua, donde entrena hasta bien entrada la noche.

Para poder costearse los gastos en las competiciones, algunos clubes venden productos como llaveros y porcelanas. Los mismos karatecas de otros clubes o incluso de diferentes países son los que compran dichos productos, estos son ofrecidos principalmente cuando hay torneos. Demostrando la unión que existe en este deporte. (Foto: Juan S. Durán)


En febrero se realiza el Campeonato Nacional Interligas Bogotá 2018, en el cual estaba en juego algo más que la medalla, si Camila lograba como mínimo una plata en kata individual, le daría los puntos necesarios para quedar segunda en el ranking nacional y ser convocada a Selección Colombia. La medalla se le da, como lo muestra los Resultados del I Campeonato Nacional Interligas e Interclubes 2018, publicado por la FCK (Federación Colombiana de Karate-Do) solo cae derrotada en la final ante Natalia Pachón. Tras este resultado, se ubicó segunda en el Ranking Nacional FCK 2018 versión 2.0 0703. María Camila Moreno está clasificada a los XVIII Centroamericano y del Caribe de Karate Do a realizarse en Barranquilla entre el 22 y 26 de marzo de este año.

Sin embargo, faltaba la confirmación, y hasta que no vio su nombre en la convocatoria publicada en la página de la FCK, no creyó que estaba de nuevo en la Selección Colombia, pero lo más importante era que iba a participar en su primer centroamericano en la categoría mayores, una categoría nueva para ella, pues hace unos pocos meses había cumplido 18 años.

La delegación colombiana viajó a Barranquilla el 20 de marzo, se hospedaron en el Hotel Sonesta obligados por la FCK. Las competencias iniciaban hasta el jueves, así que utilizaron los días previos para aclimatarse al calor y la humedad propios de Barranquilla, además de entrenar todos como selección para crear más confianza.

El jueves por la noche Camila recibe el cuadro de rivales con las que se iba a enfrentar al día siguiente, con sorpresa, ve que tiene cinco rivales, cuando lo normal son cuatro, se preocupa un poco al solo tener cuatro katas bien preparados, si sobresaltarse, junto a la Sensei Diana Muñoz, evalúan las posibilidades y deciden la estrategia que se va usar con cada una, a cuál se le saca un Kata fuerte y a cuál no. 

Los Campeonatos Centroamericanos y del Caribe se celebran una vez por año entre los mese de marzo y abril, siendo uno de los torneos más importantes en el calendario del Karate-Do anual. (Foto: Juan S.Durán)



A las nueve de la mañana con un calor en aumento y una humedad propia de la ciudad, en el coliseo de eventos del Colegio El Sagrado Corazón se da inicio al Kata seniors individual. María Camila Moreno, representante de Colombia, enfrenta en primera ronda a su similar de Trinidad y Tobago, cada una de las competidoras hace su presentación. Hay victoria para Colombia cuatro banderas a una.

En la segunda ronda, Camila enfrenta a la representación de El Salvador. Con una contundente victoria cinco banderas a cero, avanza a tercera ronda. La mexicana Victoria Cruz es la rival en tercera ronda, una de las más difíciles del cuadro, la que puede llegar a complicar la pretensión de medalla. Camila saca el mejor kata de su repertorio y la derrota con un apretado tres a dos. Avanza a semi finales. 

María Camila decide sacar su kata más débil ante Valerya Hernández, representante de Venezuela, para así tener chances de buscar la repesca. Como era de esperarse y estaba presupuestado, Camila cae cinco a cero. Se venía la repesca y el momento de luchar por la medalla.

A las 9:35 a.m. Nathalie Barrera, representante de Guatemala, y María Camila Moreno, por Colombia, hacen el saludo a los jueces, inclinando su tren superior a noventa grados sobre el suelo. La guatemalteca tiene el cinturón rojo, así que es la primera en realizar su presentación. Por su parte, Camila espera su turno al borde del tatami. Tantas cosas se cruzan por su cabeza: ha estado esperando ese momento desde los seis años cuando fue a su primera clase de Karate-Do y conoció la sensei Diana Muñoz. Sin embargo, pone su mente en blanco, concentrándose casi en un estado de transe. Llega el momento de entrar y hacer su kata, una voz interrumpe la concentración. “Cuando tú quieres, tú puedes”, grita con firmeza la Sensei Diana muñoz desde las gradas.  Era el empujón final para saltar a la presentación más importante de sus recién cumplidos 18 años. En el tatami se escucha el sonido de choque del karategi con el viento y los gritos característicos del Karate-Do, en un abrir y cerrar de ojos la presentación se acaba y las dos deportistas están paradas esperando en ‘handup’ que determine el ganador. Camila alza la mirada y cuenta las banderas a su favor. Una, dos. Perdí.

Se retira con la amargura de la derrota y se va directamente a cambiar, busca su maleta para escribirle a su mamá que había perdido, antes de poder encontrar el contacto de Amparo. Camila observa que en el grupo de Karate están felicitándola por la victoria, ella replica esos mensajes diciendo que no, que están equivocados. Sin embargo, los miembros del grupo insisten, Camila corre a buscar a la Sensei Diana para preguntarle por el resultado, ¿Será que vi mal? Se pregunta. Diana le ratifica que ella ganó, Camila, aún sin creerlo, se acerca donde los jueces y les pregunta por el resultado.

— Bronce para Moreno, de Colombia. 

Un paso más en el largo camino hacia unos Juegos Olímpicos.

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