En compañía de la muerte

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Eran las 4 p.m. cuando llegaron dos comunicaciones a la filial de traslados de una funeraria en Bogotá. A veces llegan a ser veinte o incluso setenta. En ellos se solicitaba el retiro de dos cuerpos, uno en Medicina Legal y el otro en el Hospital San Ignacio. La mujer encargada de recibirlos y enviar las carrozas para el traslado, llamó a los conductores que debían hacer el retiro de los cadáveres.

Pilar fue la primera que atendió el llamado. Después de enterarse de la situación suplicó poder realizar el retiro del Hospital San Ignacio. La mujer a cargo de la filial de traslados terminó aceptando y decidió enviar otro conductor a Medicina Legal.

La conductora de 27 años, alta, con gafas y de piel clara se dirigió en la carroza hacia el Hospital. Ya había cambiado la etiqueta de coche fúnebre que portaba unos segundos atrás. Según le explicaron antes de empezar a conducir el vehículo de vidrios templados, asientos de cuero y división entre cabina y baúl; la carroza era la que hacía los retiros o traslados y el coche fúnebre era el que hacía los ‘finales’, es decir, el recorrido de la funeraria a la iglesia y de la iglesia al cementerio.

Cuando llegó al centro médico hizo el procedimiento de rutina con el fallecido: se puso los guantes, tapabocas, lo marcó con una manilla, lo envolvió en una sábana plástica, lo pasó a una camilla y de ahí a la carroza. En seguida despidió a la familia y dejó el vehículo parqueado al frente del edificio principal. La última acción no era recurrente, por lo normal ella se dirigía de manera inmediata a la funeraria donde dejaba el cuerpo, pero esta vez valía la excepción. Alba Vargas, la mamá de Pilar, se encontraba hospitalizada en aquel lugar.

Norma Pilar "Pili" Torres Vargas nació el 21 de noviembre de 1988 en Bogotá. Es la menor de tres hijos del matrimonio Torres Vargas, conformada por Gustavo Torres Rubiano y Alba Mercedes Vargas Barrios.

Cursó primaria y bachillerato en el Colegio Mayor San Benito Apóstol. Con 18 años empezó a estudiar contabilidad en la Corporación Tecnológica Empresarial y consiguió un trabajo como secretaria de importaciones en una empresa de chocolates. Sin embargo, en su consideración fue una pérdida de tiempo, una pérdida de tres años, porque hoy en día entre risas cuenta que, si le preguntan, ella ya no sabe lo que es activo o lo que es pasivo.

Luego, con 25 años, un amigo cercano le sugirió que llevara la hoja de vida a una funeraria en la que estaban recibiendo personal. Para ese tiempo el desespero era tanto por encontrar trabalo, que donde le pagaran, trabajaba. Por eso, Pilar no dudó en tomar el consejo y fue a encontrarse en el barrio San Fernandocon la funeraria Capillas de la Fe.

Ese día iba de color morado en cada accesorio, en cada sombra. Destacaba entre los vestuarios blancos y negros que adornaban el lugar.

Al realizar la entrevista se enteró que era para un cargo administrativo y que tenía por nombre filial de traslados. Para su fortuna, al día siguiente la llamaron para avisarle que había obtenido el puesto.

Un estudio de Fenalco Antioquia, publicado en el año 2015, señala que “el sector funerario emplea a más de 9.477 personas en 2.155 establecimientos dedicados a la actividad funeraria, a la que debe sumarse un volumen importante de empleos indirectos de actividades que se mueven alrededor del sector y sus servicios, tales como floristerías, imprentas, acompañamientos musicales, cafetería y transporte, lo que conlleva a calcular que el 0,043% de los empleos en Colombia se sustentan en la actividad funeraria”.

El trabajo que llevó a cabo Pili durante tres meses consistía en hacer las cintas de los coches fúnebres, las urnas para las cenizas, en llamar a las iglesias para preguntar por las exequias y en estar pendiente de la llegada puntual de los fallecidos a las salas de las funerarias. Todo esto en el día, nada que ver con la noche en la que se le agregaban otras labores. Además, se fundamentaba en llamar a los conductores de carroza e indicarles el lugar donde debían realizar el traslado, en otras palabras, el retiro de cuerpos en casas, clínicas o en Medicina Legal.

Aída Amaya, compañera de trabajo, relató que “la curiosidad y el morbo fueron las primeras reacciones en Pili. Producto de la constante llegada de fallecidos en camilla que en ese tiempo no se envolvían en bolsa blanca, sino que se envolvían en bolsa plástica o se dejaban al descubierto”.

El espacio que ocupaba Pili en la funeraria se encontraba a una pared del laboratorio, en el cual se maquillaba, se peinaba, se pintaban uñas, se vestía y hasta se cortaba cabello. De no ser, porque allí también se drena sangre, se succionan vísceras, se taponan orificios para evitar el mal olor que producen los gases que se utilizan, cualquier aventurado hubiera pensado por la descripción en un salón de belleza.

No obstante, lo anterior es muchísimo mejor que enterrar los cadáveres en los atrios de las iglesias sin ningún arreglo como se hacía en 1806, según el libro Crónicas de la Morgue.

Con el paso del tiempo, la mente de Pilar tomó la foto de dos cadáveres que desfilaron al frente de ella antes de ingresar al laboratorio. Era una señora y un joven que habían sido baleados. Alfredo, un conductor de carroza y amigo cercano, le comentó que había sido en un tiroteo y que la señora por evitar que le dispararan al muchacho se había atravesado entre él y la bala; era la mamá. “En este trabajo somos muy chismosos y nos enteramos de todo”, confiesa Pilar.

Un mes después de haber entrado a trabajar, le indicaron que debía cubrir un turno en la noche. El trabajo se triplicaba, porque debía cumplir con los traslados, la logística y el maquillaje de muertos. Para ella ya era un ‘tú a tú’ con los difuntos.  

Cuando se acercó la noche y Pilar entró al laboratorio, vio que también se acercaba la muerte. Un poco más cada vez que daba un paso. Había cinco mesones alineados verticalmente, uno seguido del otro con la distancia correcta. Conjuntamente, uno al frente de los demás que completaba los seis: En el primero había una joven, en el siguiente un niño, en el tercero un hombre robusto, el cuarto daba escalofrío porque el cuerpo del muchacho que lo ocupaba estaba abierto, en el quinto estaba un anciano y el sexto estaba vacío.  

El laboratorio vivía frío, el olor a formol (fabricado por la funeraria) combinado con el olor de sangre penetraba hasta los pulmones, y el anciano que debía maquillar Pili tenía los músculos endurecidos. El difunto estaba dándole paso al proceso de rigor mortis, que se efectúa en el momento que el cuerpo ya sin circulación y perdiendo temperatura, se pone rígido. En el anexo iba especificado todo lo que deseaban los familiares para el fallecido: No muy maquillado, un poco de rubor y peinado hacía el lado izquierdo.

Pilar tomó las manos e intentó entrelazarlas para dejarlas justo a la altura del ombligo. Pese a intentar varias veces y ver que el inanimado jugaba a no dejarse, la mujer definió los dedos del difunto como tubos, tan helados como el metal, compactos y difíciles de doblar. Muy cerca estaban Ricardo y Albeiro, los conductores que estaban de turno, disfrutando de la escena primeriza de Pili con el cadáver. Fue no más que la mujer volteara a verlos para que el muerto valiéndose del sistema nervioso que aún se mantenía vivo, enviara señales a la medula espinal y provocara el movimiento de un brazo.

— ¡Hijueputa, está vivo! 

Esa noche no tuvo que tocar ningún otro difunto. Solo revisó cada anexo y verificó que cada uno tuviera las prendas correctas, que fuera en sábana, que tuviera los accesorios y el peinado correcto. Para su consuelo, recordó una frase del libro El enterrador “cualquier existencia que tengan los muertos, la tienen solo por la fe de los vivos”.

Conforme avanzaban los días, la práctica y la costumbre lograron agilizar el trabajo. El tiempo se redujo en la maquillada y la revisión. Solo maquillaba en la noche y si era necesario, es decir, casi siempre. Mientras que, en la mañana le quedaba tiempo para reírse de la soberbia de algunos familiares que, como lo narra ella, “se las daban de que sabían”.

Una vez llegó un cuerpo en descomposición. No tenía piel, estaba verde, incluso los gusanos asomaban la cabeza dentro de él. Inmediatamente a la llegada del exánime, un familiar exigió verlo a toda costa para el reconocimiento del cadáver. La anterior es la única razón válida para que personal no autorizado pueda entrar al laboratorio. En casi la totalidad de los casos el difunto se ve solo hasta que se encuentra en sala o cuando es entregado a los titulares del servicio para verificar que todo se encuentre en orden.

Pero, a pesar de los intentos de Pilar para persuadir al familiar de no entrar, dado que aún no se le habían aplicado los químicos al muerto para quitar el olor putrefacto que desprendía, el hombre no dejó de insistir.

Ante esta situación Pili accedió, le indicó el procedimiento para verlo, le dijo que debía llevar tapabocas y no podía acercarse mucho. Sin embargo, el señor entró como ‘Pedro por su casa’ para increpar al tanatólogo, quien bravo, levantó la sábana que recubría el cuerpo. Apenas el tipo vio el cadáver, no aguantó el impacto y vomitó. Posteriormente, entre la vergüenza y la rabia, tuvo que limpiarlo.

Lo último que hizo Pilar en Capillas de la Fe fue rechazar la oportunidad de entrar al laboratorio y aprender la técnica para la conservación temporal de los cadáveres. Su hijo Nicolás contó que “no quería”. Pese a esto, no pasó mucho tiempo para que volviera al sector funerario y para que, por sus propios medios, pagara los estudios de tanatopraxia.

“Lo que fue agosto, septiembre, noviembre y diciembre del 2014 fue moliendo duro pa’ eso. En ese entonces a mí me salió por 3’000.000 de pesos. Fueron quince días nada más”, recuerda Pilar.

Del 19 al 30 de enero del 2015 realizó un diplomado en tanatopraxia y disección en medicina legal. La tanatopraxia se realiza en las funerarias y la disección o necropsias en la morgue y en los hospitales. La mayoría de veces el diplomado está disponible en diciembre, pero el año anterior no llenaron los 25 cupos para iniciar y lo dejaron para enero.

Las clases iban de 07:00 a.m. a 05:00 p.m., pero a veces se extendían hasta horas de la noche.

El domingo de la primera semana les pidieron llegar a las 6:00 a.m. para una clase práctica. Al llegar les facilitaron uniformes, guantes y petos de plástico. La emoción y la euforia era evidente. Lo único que hacía falta era bisturí y un cuerpo para cortar.  

Instantes más tarde, entraron a un cuarto, donde un muerto encima de un mesón les esperaba. Bajito, gordo, calvo, 45 años alcanzó a cumplir. El hombre había sido impactado con un proyectil en la cabeza y tenía un tubo en el cuello que le sirvió para respirar en sus últimos pálpitos. Le tomaron fotos a todo y se quedaron mirando unos segundos los calzoncillos Calvin Klein que llevaba.

— Esta ropa interior es ‘chiviada’, el hombre intentaba vestirse bien, pero muy ‘chimbo’.

El comentario fue del profesor. Entre la risa y la seriedad intentaron esconderse los estudiantes. Para Pilar, con el tiempo, no fue extraño. Después de cada revisión, siempre había observaciones de ese tipo por parte del docente.

En la disección del señor se debía abrir la cabeza y quitar la parte superior del cráneo. Parecía CSI o Grey’s Anatomy. Utilizaron la segueta para dividir la calavera, pero con cuidado para no cortar el cerebro. Finalmente, con cincel y martillo, un poco más arriba de la frente se abre el ‘cofre’.  La bala estaba alojada en el cerebro.

A continuación, se procedió a la disección en las demás partes del cuerpo. Al abrir, lo primero que salió fue el intestino buscando espacio. El olor, insoportable.

A los aprendices del oficio se les mostró todo el bloque intestinal, la lengua, la tráquea, el esófago, los pulmones, el corazón y todo el relleno.  

En la disección se dieron cuenta que en el Hospital al hombre no lo habían puesto el tubo por la tráquea sino por el esófago, ahogándolo. La bala y el tubo lo habían matado. De igual manera, el profesor explicó que en caso de haber realizado correctamente el procedimiento el paciente hubiera quedado vegetal. En estos casos se toman fotos para una posible investigación de la Fiscalía.  

Esa experiencia y algunas otras le impidieron a Pilar comer carne durante los siguientes tres meses.

Semanas más tarde, Pilar regresó al gremio de la muerte. Esta vez lo haría en Jardines del Apogeo como conductora y tanatopráctica.

Inició solamente manejando carroza. Las indicaciones principales era manejar por el carril derecho, a no más de 60km/ y mínimo a 30km/h. Lo demás era lo que cualquiera se imagina: llevar un muerto en el baúl. En ocasiones a la funeraria, otras a la iglesia y otras tantas al cementerio.

Allí le dio oportunidad de conocer a William, su esposo. Él manejaba los buses que llevaban a los familiares del muerto.

Antes de conocerse y hacerse novios en el árbol VII del cementerio Jardín del Divino Niño, William pensaba que Pilar era “una vieja creída y con lombrices”.

Con el tiempo les tocó hacer servicio más seguido. Ella se encargaba del protagonista y él de los familiares. Había servicios que William la conquistaba cerrando a los carros que la intentaban cerrar a ella. Esto le agilizaba el trabajo a Pili, porque “hoy en día ya no respetan ni siquiera a los coches fúnebres en Bogotá”, cuenta Pilar.

Como tanatóloga no había tenido mucha experiencia, solo el maquillaje en Capillas de la Fe y el curso de tan solo quince días en Medicina Legal. Al comienzo fue difícil, se estrelló muchas veces con la inexperiencia. La misma que le costó aprender a inyectar por las carótidas y no por las femorales como había aprendido en el curso.

En ese lugar se conoció con Patricia, que la visitaba en el laboratorio gritando “¡quién vive aquí!” cada vez que bajaba a hacer la limpieza del sótano. Esta mujer muchas veces le ayudó con el maquillaje de los fallecidos y a acomodar los cuerpos pesados de los muertos en el ataúd. Asimismo, fue testigo del aprendizaje de Pili en el oficio.

Con el tiempo Pilar ya sabía registrar los cortes, moretones u otro signo al inicio del proceso para dejar el reporte. Desinfectar la boca, los ojos, la nariz y otros orificios. Romper el rigor mortis masajeando el cuerpo. Humectar los rasgos faciales. Raspar la punta de la vena y hacer lo mismo con la arteria. Efectuar la incisión e inyección de la mezcla entre formol y otros químicos en las arterias, mientras extraía la sangre. Utilizar la máquina que distribuye el fluido de formol y otros químicos dentro del cuerpo. Controlar el drenaje del aparato mientras masajeaba las extremidades para empujar la sangre y reducir la presión en el momento correcto. Manipular el trocar para limpiar la parte interna de los órganos huecos como el estómago, el páncreas y el intestino delgado. Retirar el trocar y manejarlo inversamente para aspirar los contenidos del intestino grueso, de la vejiga o el útero. Higienizar el trocar, bañar, maquillar, peinar y vestir.

Algunas cosas Pilar las aprendió con la ayuda del documental Orozco: El embalsamador. Incluso también le sirvió para perder el asco, el miedo (si todavía había), y para ver sin censura una realidad poco conocida por muchos.

Pero todo esto para nada. Nada porque la sacaron del laboratorio durante cinco meses, gracias a la visita de un cuerpo que venía de Medicina Legal con necropsia anterior y posterior. Un cuerpo que no le avisó que cometía un error al abrirlo. Tarde fue cuando se dio cuenta. Duró desde las 8:00 p.m. hasta las 2:00 a.m. suturando. El trasero no cuajaba, subía una nalga, bajaba otra. Los dedos quedaron rojos de la sangre que se quitaba cada que penetraba el guante con la aguja, y las mejillas mojadas de arrepentimiento e impotencia.  

Mucho tiempo después de regresar al laboratorio, le asignaron una misión que no cualquiera podría mirar a los ojos. La macabra tarea consistía en arreglar el cuerpo de un hombre desmembrado. Aquel individuo había sido encontrado dentro de una caneca la madrugada del 21 de abril del 2017 en el barrio San José. Ese día no fue fácil y tampoco le gusta recordar mucho cómo fue. Lo único que recuerda es que ese hecho la llevó a aceptar irse del gremio para Útica con su esposo William y su hijo Nicolás. Allí se gana la vida apilando caña en la finca que les dejó su suegro.

A pesar de aquel suceso y de ver la muerte en todas sus formas, la peor de las muertes fue suya.

En la tarde del 20 de enero del 2016, Pilar tuvo que realizar un retiro en el Hospital San Ignacio. Esa visita le sirvió de paso para ver a su mamá. La última vez que Alba estuvo en aquel centro médico duró 18 días. Esta vez lo estaba por la misma razón: un cáncer que no la dejaba en paz.

Pili se sentó a su lado y después de reproducir la canción que le dedicó Alba en sus quince años, lloró. «Hay veces que temo que tus sueños puedan ser frenados y no esté a su lado para protegerla, pero entonces canta y luego me habla y brilla su vida y ya sé que nada puede detenerla».

Alba Mercedes Vargas Barrios murió un 7 de febrero, con 56 años.

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