¿Quién iba a imaginar hace unos años que el país del baiju, un licor de cereales chino con una elevada graduación alcohólica, iba a combinar sus populares -y peligrosos- brindis con este brebaje, casi imprescindible para cerrar exitosamente un acuerdo de negocios en la segunda economía mundial, con una progresiva popularización del vino y la aspiración oficial de crear un producto doméstico de calidad?
A unos 40 kilómetros al suroeste de Pekín se encuentra el distrito de Fangshan, una zona especialmente fértil al situarse entre las montañas Taihang y varios ríos y lagos. Su geografía y una suerte de microclima lo transformaron, hace años, en un enclave tradicional del cultivo de arroces, trigo y frutas de alta calidad. Y, desde comienzos de siglo, también de vino.
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