¡La mató!
A sus 7 años empezó a recorrer las calles de Ocaña (Norte de Santander) en calzoncitos de olvido, camisetas desvencijadas, cabello de araña, cara de barro y ojos de madera, así como su casa de niñez. Esta es la parte inocente de una niña que se convirtió en mujer, con los años, se transformaría en guerrillera.
La vida no fue fácil para una niña que nació en un rancho que les regalaron sus abuelos a sus padres, dado que no tenían a dónde ir a parar. No fue fácil para una familia que apenas empezaba a enfrentar los problemas sin ningún apoyo económico. No fue fácil para personas que como base de su hogar tenían un padre cayendo en las profundidades de una garrafa de alcohol. No fue fácil para tener que trasladarse a más de tres lugares cada momento en que querían oportunidades. Sin embargo, es de tener en cuenta que así es la vida, nunca es fácil.
Tampoco al punto de llegar a aguantar hambre, pero la economía familiar no estaba tan bien como es de esperarse al momento de tener un hijo el 27 de mayo de 1997, el año en que la guerra militar en el país estaba en auge, siendo este el período más violento según las estadísticas de muertes y desapariciones en Colombia.
Aunque iniciaron en una Vereda del Municipio de Convención y luego vendieron verdura y jugo de naranja en La Gloria (Cesar), terminaron en uno de los barrios más arribados por la entrada de catervas subversivas en Ocaña, que figuraba como el segundo municipio del departamento con más habitantes, el barrio la Ciudadela Norte (que quedaba a la entrada, la entrada directa al Catatumbo), se definía en aquel tiempo, como peligroso y el de las invasiones, incursiones ilegales pero necesitadas en las que estaba involucrada esta familia.
Las invasiones aumentaron en la Provincia de Ocaña (Norte de Santander), debido al desplazamiento armado que venía de veredas y pueblos aledaños por parte de las Farc y las Águilas negras.
Dibujo: Fredy Nontien.
Es por esto que después de verse ‘alcanzados’ por cantidades de dinero de arriendo que no les dejaban para el sustento diario de cinco hijos, que al tiempo fueron cuatro por la inesperada muerte de una de las pequeñas, decidieron empezar de nuevo en un lote abandonado que se perfilaba en frente de su residencia. Así que, con la ayuda de algunos familiares y vecinos, “levantaron a punta de bloque y láminas de zinc dos piecitas”, como lo recuerda José Peñuela, uno de los cuñados del padre de la menor. Dos piecitas en las que vivió ella, que se caracterizaban por el olor a barro del suelo, muebles viejos, un cilindro de gas, una mesita para la estufa y una cama vieja en la que piernas, brazos y cabezas de seis personas compartían las inciertas noches.
Según lo que aún resuena en la memoria de José, un día tenían para mandarla al colegio, pero otro día ya no contaban con esa posibilidad, además, asegura que la situación empeoró cuando los padres tuvieron problemas y llegó el día en que la madre no los abrigó.
Su padre los dejaba solos mientras iba a trabajar para llevarles algo de comer, por lo que la única niña y a su vez la mayor tenía que suplir las necesidades del hogar, los cuatro niños se quedaban solos a comando propio, y ella hacía lo que sus pies alcanzaban a la estufa para comer y lo que sus manos alcanzaban a limpiar.
Pero en un tiempo se salió de control, iba por las calles y pedía dulces en la Iglesia La Inmaculada, y claro, a los desconcertados que la miraban pasar la mayoría de veces con sus criaturas consanguíneas. Los días en la invasión vendrían también siendo vencidos por los juegos y el desorden de cuatro niños al azar y al desliz por la parte trasera, en donde se aventuraban con una tabla de madera por la travesía de los plátanos del final.
No se puede esperar mucho de una sociedad que durante el 2005 sufrió la incidencia de pobreza en un 59,4%, como lo comprobó la encuesta continua de hogares (ECH), e igualmente de una provincia afectada por la incursión de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y de bandas emergentes como las Águilas Negras, que peleaban por territorio del que se habían desaparecido (desmovilizado en realidad) a los paramilitares, así como desaparecieron las esperanzas de una niña de ir a la escuela, de tener una mamá y de crecer jugando en los plátanos con sus hermanos.
En Colombia no existe alguna ley que reglamente que los niños se puedan quedar solos en casa. Sin embargo, psiquiatras recomiendan que sea a partir de los 12 o 13 años de edad.
Dibujo: Fredy Nontien.
Cada uno de los hermanos, hasta el que aún no tenía conciencia, coexistió con la misma intensidad la desolación del abandono de su madre –Recuerdo mucho sufrimiento, por lo que mi papá nos dejaba solos mientras se iba a trabajar a la Trinidad– decía Yoifer Rojas, uno de los menores, mientras pasaba breves páginas de su infancia. “Ni siquiera conocí a mi mamá, pero ella era la que estaba más grande y la recuerda” por lo que aunque pasaron muchos años, esa inocente alma de niña que era la más aglutinada al seno materno en la forma en que tenía amor, fue que nació su rencor, al punto de llegar a decir en la familia “si veo que la están matando a mí no me importa”.
Quizás el trago amargo de un abandono tan profundo como el de dejar a su suerte cuatro hijos, todo menores de edad, fue el que produjo el olvido transitorio del paso del tiempo en ellos. Ninguno recuerda con exactitud cuándo quedaron solos, en el 2003, 2007 o a lo mejor fue en el 2012. Aproximados aquí, allá y ella apareció hace años ¿Cuántos años? ¿Acaso cinco? “no recuerdo muy bien”, fue la frase de la familia.
Se fueron a vivir a Convención y al mismo tiempo en Cartagenita, y todo seguía igual, Yoifer y su hermana recuerdan aún que su padre le pegaba mucho a la joven, entonces ¿había razones para que se fuera? su tía Nubia Rojas sigue afirmando con seguridad que “a ella no le faltaba nada en la casa, vivían con mucha pobreza, pero bien”, así que por más dificultades su idea de sobrina chocaba con la realidad a la que esta se enfrentó después en el ‘monte’ con aquellos de la ilegalidad.
“Fue un capricho del momento, pero al estar allá fue algo diferente”, era lo que repetía cuando mencionaba su inserción a las filas del Ejército de Liberación Nacional (ELN). Siente que tuvo transformación como en un retiro espiritual, y no como la niña de 13 años que representan en la producción colombiana “Alias María”, sino como aquella que no extrañaba su pasado, que estaba feliz, con que le enseñaran de nuevo a cocinar, a limpiar, a estudiar, a aprehender, “allá soy diferente en mi forma de expresarme, de ver las cosas, en mi forma de tratar a la gente, de vestir”.
Eran las 11:46 de la mañana del 21 de agosto del 2012, el día en que se divorció de su familia y se casó con el ELN, “ahora pienso que es mi vida, que mi vida está enterrada allá”. El único bus que salía del pueblo la llevó hacia el inicio del matrimonio cristiano, ese que ante Dios se debe sustentar, nutrir y recordar para siempre, aunque no queden evidencias humanas de su existencia.
Según el Centro de memoria histórica, entre 1958 y 2012 murieron 218.094 personas a causa del conflicto armado en el país.
Dibujo: Fredy Nontien.
Tal como un rayo de electricidad se empezó a propagar por la red telefónica de la familia que se había ido “a ella la devolvieron al pueblo –decía Nubia– por unos días” mientras decidían en dónde ubicarla, y por más que su tía Nidia, Nubia y su madrastra Saides (que precisamente no le hablaba, sin saber, que demoraría más de lo esperado en volver a concebirlo) intentaron convencerla para que se quedara, no hubo poder humano que revirtiera su acción. Estaba tan decidida que para alejarlas las trataba mal y les repetía “no se metan en mi vida, no sean cansonas”.
Las Naciones Unidas en el 2003 emitieron un informe en el que aseguran que, en relación a guías de Desarrollo Humano, los grupos terroristas como las Farc, el ELN y las AUC, reclutaban menores de edad para la causa guerrillera, pero en este caso, esta combatiente de 15 años tomó una decisión. Sin embargo, la psicóloga Valentina Mantilla, que tiene experiencia con desmovilizados, sostiene que “las condiciones la llevaron a hacerlo”, lo que independientemente de las argumentaciones e imaginarios que la exguerrillera tenga sobre la lucha por los colombianos, son una causa de involuntad indirecta, a partir de la concepción de persona que se hacía en su casa y la diferencia que existía con el paraíso prometido.
“Dije que el día en que mi papá me volviera a pegar, me iba de mi casa”, entonces fue a la sazón cuando el universo conspiró y su padre se enteró de que tenía un novio por lo que simplemente volvió a pasar, le pegó. Ella se imaginaba la guerrilla de otra manera “esa vida es dura. ¡Claro a mí me gusta porque ya me acostumbré a vivirla!”. Nunca soñó como otros de sus primos con hacer parte del Ejército Nacional de Colombia, visto que desde pequeña tenía una mala imagen de ellos, porque dice que le hicieron daño a su padre. Fue entonces cuando la furia del momento la llevó a recordar su promesa, en la que no percibió otra opción que ser parte del Ejército origen de la revolución cubana, el ELN.
Como lo cuenta, todo es una rutina en los campamentos, en las casas, en el monte o en los cambuches, es un orden que aún recuerda con firmeza, con una exactitud irrefutable:
- 4:45 nos levantamos.
- 5:00 tenemos que estar en el patio para llamar lista o te ponen sanción.
- 6:00 entonación del himno a capela.
- 6:00 a 8:00 estudiamos, otros salen a radio y otros se quedan.
- 8:00 a 9:00 desayunamos, el desayuno debe estar máximo a las y diez o le toca repetir rancho (cocina).
- 9:00 a 12:00 se hace cualquier cosa… se lava, se busca un palito de leña, se asea en donde estemos y se limpian las armas.
- 12:00 a 14:00 nos bañamos, cualquiera pide un descanso de media hora y duerme un ratico, se escucha radio, uno habla con la gente, sale y hace sus actividades.
- 14:00 a 17:00 estudiamos, miramos televisión o una película.
- 17:00 a 18:00 todos comemos.
- 18:00 a 20:00 estudiamos y nos vamos a dormir. A veces nos ponemos a criticarnos entre nosotros mismos.
Casi toca aprenderse el horario, la materia y el salón en el colegio para que el rector no ponga memorandos, ellos lo conciben de la misma forma, pero en su idea van a una universidad que maneja un programa que se repite y se repite sin diferenciar los días ni las caras, se olvida si es lunes, jueves o domingo, todos son parejos.
Son seis horas al día en que fomentan el aprendizaje de la historia de su sublevación, de los objetivos de su lucha, en los que ven películas de “personas que fueron valiosas para la formación, como lo son Che Guevara, Fidel Castro, Policarpa Salavarrieta, Camilo Torres” –menciona mientras cuenta con su miraba a los personajes– asimismo, dice que estudian cualquier cosa, como los libros propios, los estatutos, una revista semanal, documentales, videos, el libro rojo y negro (libro oficial del ELN), y muchos más acordes con el objetivo de “conquistar y hacer la revolución en Colombia como se hizo en Cuba, el ELN estuvo a punto de lograrlo aquí en Colombia creo que fue en el noventa y pico”.
Cualquier grupo social se identifica por ideologías que marquen el límite con los otros “además, ¡porque es un cuento que se lo están echando a diario! No es algo que les digan cada cuatro años, es una filosofía de vida, tú desayunas, almuerzas y comes con esa doctrina”, certifica Valentina Mantilla al haber escuchado a muchos desmovilizados corear lo mismo en su proceso de inserción a la vida civil.
El ELN cuenta con cifras inexactas de personas involucradas en su actuación a nivel nacional, partiendo desde niños, hasta adultos con la capacidad de pelear en combate.
Dibujo: Fredy Nontien.
Es evidente la imparable clonación del camuflado, ese que dice llevar todos los días, lavar cada mes (para que no se perdiera el color), ese, que portaba con orgullo por lo que le quedaba bonito, y si bien estaba sudado, seguía siendo bonito porque ella no sudaba tanto. Para evitar los malos olores, las botas eran las únicas que lavaba a diario, por lo que sufrían los desgarres y los rastros de la maleza.
Aunque no es de pensarse, el compañerismo es esencial para cada uno de los integrantes de la escuadra, es imposible no darse cuenta de ello cuando se refería a las prácticas que utilizan para la buena convivencia, los minutos de las ‘críticas constructivas’, las cuales se consideraban a: “no me gusta que la compañera esté utilizando ese vocabulario”, “ella es coqueta con el compañero” o en la mayoría de los juicios “es desordenada con sus acciones”.
Con las críticas que aún le pesan, permaneció dos años en la frontera de Venezuela, a la cual llegó por medio del hambre y penurias de seis días, en los que caminaban con la obligación desde las seis de la mañana hasta las completas y definitivas 12 horas después. La aventura con el objetivo de graduarse en la universidad, ¡sí! en un campamento que ofrece pregrados como: explosivista, francotirador, tropero –los que se le meten a los soldados, ponen bombas y los matan y ya–, radista, mando superior y mando oficial, y en el que las prácticas se hacen directamente con las empresas relacionadas, en las que sin necesidad de hoja de vida hay contrato por recomendación del instituto “¡yo fui a varias!”.
Justamente, no es de olvidar tampoco el primer día de enfrentamiento desarmado. Tenía unas dos semanas de haber ingresado a las filas, todavía 15 años de nacida, la edad en que la Convención sobre los Derechos del Niño en Colombia, revalidó el compromiso del país a no incluir los menores de las famosas 15 primaveras en los enfrentamientos armados, aunque claro, ese día no se aplicó porque ella ni sabía cómo tomar un arma.
Muchos la franqueaban como muerta, de la misma manera que se sintió en medio del ataque. Apenas tenía dos semanas de haber ingresado al ELN, se gastaban normalmente una hora subiendo la montaña, ese día fueron como 25 minutos “estábamos en una casa cuando nos llegó el ejército a plomo, eso era el que más corriera. Aún no sabía defenderme”. Ese día, cocinaba o ranchaba, “era un día normal” y cuando pasó a servir el almuerzo escucharon un estruendo, por lo que sin pensar y en la adrenalina que desfilaba por sus venas ella gritó “el ejércitooooo”, pero no le creyeron sino hasta que Kevin, el francotirador, venía corriendo. Inmortalizaba cada uno de los movimientos, en cámara lenta, en medio de onomatopeyas del sonido de las balas “¡fu! ¡fu! ¡fu!” y de mímesis de la galopada que llevaban. Guardaron sus cosas en un ranchito, y cuando se devolvían a defenderse venía un poderoso helicóptero tras ellos “con esa plomacera” por lo que siguieron corriendo, hasta que “un muchacho iba full cagao y me empujó, me haló de la blusa hacia atrás y me mando a un rumbón, y el helicóptero seguía detrás de nosotros. Nada más me agarraba la cabeza y me escondía, tenía la pierna como doblá”.
En aquella ocasión, fue la primera vez que se lastimó, pero claramente no la última, porque en otra fecha la tenían en una clínica “como una princesa por haber salvado al mando” y con diamantes de granada incrustados en el cuerpo. Todo lo que pasaba en tanto la familia se encontraba al otro lado del cajón sufriendo por los cuentos innegables o inseguros que llegaban: “una vez, disque se dio ella misma un disparo en la mano mientras limpiaba su arma”, “otra vez envió una carta desde arriba, diciendo que estaba enferma por tanta infección a la que estaba expuesta” –departen sus tías Nubia Rojas y Sol Rojas– ¡pero eso sí!, es de saberse que mientras se esté allá “uno debe estar dispuesto a todo”, asegura Alias Michel.
Los adultos están acostumbrados a luchar en Colombia, el séptimo país con más desigualdad en el mundo, considerando las diferencias socio-económicas que caracterizan a porciones de su población, no obstante ¿Por qué deberían pelear los niños? ¿Por estar en un grupo rebelde? Claramente el cosmos, en la historia de sus conflictos bélicos, tiene involucrados directa o indirectamente a miles de infantes, en el 2002 cercaron la columna de las FARC Arturo Ruiz, en Suratá, Santander, en la que murieron 72 menores de 18 años.
Y esto aumentó con el paso del tiempo, por la facilidad que hay para el uso y la manipulación de armas en estos menores, lo que se ve reflejado en las cicatrices de su cuerpo, principalmente, y la que no se puede salvar por desapercibida es la cocedura de su mano, mucho menos los golpes y la intolerancia del papá de su hijo en los brazos, pero indudablemente se conserva una inconfundible, la que se nota en la expresión de soledad al no tener apoyo emocional y valerse por sí misma.
Todos los días no son ofensivas contra los grupos de otro bando, asimismo ellos tienen obligaciones como las de ir al pueblo, explorar, vigilar, ranchar, socializar y muchas otras más acciones que realiza un civil, aunque teniendo sus límites y definiciones así como las estrofas originarias de sus canciones: “soy guerrillero de las montañas soy un eleno de tradición… eché mi suerte, junto a los pobres por los derechos de mi nacióóón” o la de “me llaman eleno… donde quiera que vayaaa, me llaman eleno… en cualquier lugar” sea como sea a lo que se dediquen siguen siendo elenos de renombre, renombres por las acciones revolucionarias, sus colgadas de banderas el 4 de junio y por la repartición de panfletos si bien “nosotros no hemos hecho casi nada, pero a nosotros ¡sí!”.
Las críticas que se dan en las habituales charlas no solamente corresponden a actitudes en relación con “la causa guerrillera” sino que también se dan desde el ámbito personal.
Dibujo: Fredy Nontien.
La diferencia en cuanto a la vida familiar y a la del ELN a veces no era tan marcada como esperaba cuando regresó a su casa al estar con cuatro meses de gestación de su adorado hijo, por lo que de alguna u otra manera pone en duda aquello que se escucha normalmente sobre la tenencia o por su contraparte el aborto de los bebés en la guerrilla, aunque se debe tener en cuenta de que a ella la sacó el papá de su hijo que precisamente era mando de escuadra en el Catatumbo. Por cierto, también está en tela de juicio la estadía de “los reclutados” en la guerrilla, porque se supone que se comprometen a estar toda su vida allá o los matan, pero ella no lo está, y justamente no han acabado con su vida, pero sí con la de otro según Michel “Se han volado varios y nos tenemos que ir de donde estamos. Los buscan para matarlos, dependiendo del lugar a donde se vayan. Hace mucho tiempo se fue un muchacho y duró como 15 años perdido, y hace como dos años lo mataron. A las personas que son de ahí mismo no les hacen nada.”
Después de menos cuatro meses para los dos años en la montaña, volvió y conoció el entorno de ser mamá, comprobó las contradicciones entre la predicción y la realidad, vivió un tiempo donde su tía Nubia, después donde su tía Nidia y luego en donde su papá, pero nunca llegó a conocer mayor cosa, ya de tanto tiempo que tenía de estar insertada en los árboles, sentía extraños los carros, la gente, el ruido, cuando llegaba a reuniones familiares era silenciosa, “ella antes era muy grosera, –menciona Nubia– pero cuando llegó ella cambió”, lo que a ciencia cierta muestra la transformación del retiro espiritual al que se fue.
Aunque pasaron años, muchos años, y ella no recuerda ni siquiera las cartas que enviaba, dudando de la fe de los destinatarios, todavía tiene personas que piensan en ella como una persona y no como Alias Michel. “Aunque haya pasado todo eso ella nunca dejó de ser buena gente, familiar, a ella la quiero mucho”, comenta la prima Laura Peñuela, que la vio nacer y crecer en esa casita de Ocaña, en la que se deslizaba en la platanera.
Tal vez, los sueños y las oportunidades no fueron los suficientes; tal vez, ella no tuvo opción; tal vez, las condiciones la llevaron a utilizar las armas; tal vez, siente un compromiso con su país por la transformación y la inclusión social; tal vez, tal vez, tal vez… por lo que ¡la mató!... mató la desesperanza de vivir sola entre tanta gente, mató la posibilidad de encontrar otro camino… ¡la mató!
En la actualidad trabaja en un bar de bailes eróticos, no porque sea su elección, sino porque hace parte del 92,5% de los colombianos que no son profesionales. No tiene experiencia sino en ranchar, radiar, explorar, en pelear. “Tuve la condición de salir y dejar a mi hijo en alguna parte”, con la esperanza que en unos meses, apenas reúna la plata pueda volver a donde su esposo, ese con el que se casó el 21 de agosto de 2012 y con el que no hay tratos humanos, sino divinos. Aquel en que la identidad queda perdida porque como la canción dice “yo soy guerrillero, soy eleno fino, que nunca de nadie se deja comprar”.